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Elección de Obama Derrota Prejuicios Políticos en EE.UU.

Por Pastor Valle-Garay

Posted: 2008-11-17

Es un triunfo contundente. Histórico. Fenomenal. No tanto por el color del candidato ni por el margen de la victoria que le mereció la Presidencia de los Estados Unidos al Senador Barrack Obama como por el hecho de que por primera vez en los anales electorales de esa nación los votantes acudieron a las urnas en forma masiva.


Lo demandaba una economía en harapos y en picada. Lo demandaba una guerra impopular. Lo demandaba la incertidumbre y el temor al futuro entre la población. Lo demandaba la catastrófica caída del imperio de su improbable posición de liderazgo mundial. Lo demandaba el rechazo general al fracasado gobierno de George W. Bush.    

En estas circunstancias John McCain solamente llevaba las de perder. Tenía que perder. Su plataforma y sus diatribas apuntaban hacia una extensión de la reinante corrupción. El votante manifestó en las urnas su furia contra el arrogante establecimiento político. Aparatosamente echó del poder a los republicanos.   

Los estadounidenses votaron por un cambio radical. Decidieron rejuvenecerse de sangre e ideas nuevas a seguir soportando a otro vejestorio inepto o a una incompetente vicepresidente. Prefirieron poner sus destinos en manos del candidato demócrata.

Es indudable que Obama condujo una campaña elegante, disciplinada y súper organizada hasta el más mínimo detalle. Acertó bien la estrategia de sus asesores políticos. Lograron superar los prejuicios racistas y religiosos. Captaron el voto negro y el voto hispano. Se adjudicaron el apoyo popular sin distinciones de color, raza, creencia o posición social.  

Por otra parte, la maquinaria de Obama entusiasmó de tal manera a la juventud que cientos de miles de voluntarios entregaron al candidato demócrata su riquísimo conocimiento tecnológico. Los “nerds” de la computadora se anotaron un triunfo indescriptible. Valiéndose de todas las funciones imaginables del Internet saturaron de tanta propaganda política las ondas del éter que cambiaron para siempre el panorama electoral.

Desde los días de protestas contra la guerra de Vietnam, los Estados Unidos no habían sido testigos de una movilización tan masiva, tan generalizada y tan bien organizada en todos los ámbitos de la nación de parte de cientos de miles de jóvenes. Esta vez, en cantidades sin precedente, los estudiantes de secundaria y los universitarios convencieron a sus homólogos en edad de votar que asistieran a las urnas. En abrumadora mayoría se identificaron con Obama. Le favorecieron. Esta vez la experiencia cambiaría radicalmente la configuración electoral.
La juventud, antes cínica o apática, se transformó en poderoso instrumento político. Obama tendrá que responder a las inquietudes y reclamos de esta nueva, extraordinaria generación e inyectarla de esperanza. De lo contrario se expone a sufrir las consecuencias.

Por ahora el presidente electo tiene derecho a saborear el merecido, histórico triunfo. Una vez pasada la luna de miel que naturalmente sigue a la inauguración presidencial del 20 de enero del 2009, Obama confrontará la dura realidad de una nación al borde del caos económico, moral y social en búsqueda de soluciones inmediatas y de un mundo que cifra sus esperanzas de recuperar sus destartaladas estructuras bancarias en el nuevo líder de la nación que provocó la crisis económica en primer lugar. Tremenda orden. Tremendas perspectivas. Tremendo reto.

Afortunadamente el triunfo electoral también le avaló de un congreso dominado en ambas cámaras por su partido demócrata y de la buena voluntad del pueblo. No será fácil salir del vil atolladero económico heredado de Bush. Le llevará más tiempo, mucho tiempo más, recuperar la inconformidad nacional, el desprestigio internacional y ganarse el respeto de otras naciones pero si alguien posee las credenciales requeridas para arremeter contra semejantes retos esa persona es Obama. De fallar, decepcionaría a los millones de ciudadanos que le depositaron su confianza. Peor aún, el fracaso le depararía peor suerte que la ignominia reservada para Bush en la posteridad. Los Estados Unidos y el mundo estarán a la expectativa. Habrá que creer en milagros. Habrá que creer en Obama. “Sí, se puede,” exclamó con seguridad el nuevo presidente al aceptar humildemente la victoria ante más de 100 mil delirantes partidarios en Chicago y pedirles unidad de propósito. Menuda tarea. Ya veremos.

Pastor Valle-Garay
Senior Scholar, Universidad de York







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