Tras la publicación del artículo titulado “Discurso apoteósico a Rocinante”, vino hacia mí el asno “pequeño, peludo y suave” para reclamarme, con celo, una apoteosis similar.
¿Qué llevó a Platero a esa exigencia, si nada tuve que ver con las aventuras de Rocinante? ¿Por qué no fue al caserón del “Caballero Manchego”, quien bautizó a su rocín con nombre más altisonante que el de Babieca, caballo de “pasos veloces y ligeros” del Cid Campeador?
Me acusó de hacer ponderaciones a animales famosos –como si los “Halcones de la Casa Blanca” las merecieran-, menos a él, “amigo de los niños y de las florecillas del prado”.
Me recordó que sobre sus ancas había llevado al también caballero Juan Ramón Jiménez –poeta preciosista de palos de Moguer, España-, quien honró a las Letras Castellanas con un “Nóbel de Literatura” en 1956.
Fue impositivo al pedirme que escribiera una “biografía seria”, la que su amo anhelaba construir en el capitulillo “Asnografía”.
Entre Platero y Rocinante existe un paralelo abismal. Son “personajes” muy distintos en el marco de la Literatura Castellana.
Protagonistas de aventuras dispares, aunque Platero pasó por un estado de mayor sublimidad en el proceso de la “personificación”.
Rocinante es macilento, huesudo. Platero, “diríase que está todo hecho de algodón, que casi no tiene huesos”.
Platero detestaba las grandes aventuras “rocinantescas” de la caballería. Rocinante tampoco era dado a las humildes aventurillas de los “caminos polvorientos” de Palos de Moguer.
Se alegraba con ver “La Quema de Judas”, el traidor, quien por 30 monedas miserables entregó al Maestro a la suerte de sus torturadores: Pilatos, Herodes y Caifás, el Sumo Sacerdote judío. Pero Judas sigue vivo en el mundo, aunque la escena de quemarlo se repita cada “Sábado de Gloria”.
Platero visitaba los nidos de gorriones, de avecillas silvestres, cuando aún el medioambiente no estaba tan degradado.
Los visitaba porque veía que la Naturaleza era generosa con ellos, brindándoles techo seguro, mientras hay seres humanos a quienes se les niega el derecho a un hogar propio.
Los gobiernos de la Tierra saben que todavía hay millones de personas durmiendo en las calles.
Platero se compadeció de “La Tísica”, la niña tuberculosa, porque comprendía que el sistema de salud de España, mucho más en la época de Franco, no protegía a los más necesitados y había –como todavía los hay alrededor del mundo- niños que mueren debido a enfermedades contagiosas y de transmisión sexual.
Por eso no dudé en elogiar a Platero. Ojalá no se cometa el error de juzgar a la mascota de Juan Ramón como un asno cualquiera.
Nadie niega su condición de “burro de carga”. Pero no como los de nuestros países hispanos, maltratados por sus “dueños”.
Platero es un jumento excepcional, digno de alabanza, de una apoteosis sin parangón.
La carga llevada por Platero en su lomo aún sigue pesando en la Historia de la Literatura Universal, de las Letras Castellanas y de la Guerra Civil Española, en la que los franquistas arremetieron contra artistas e intelectuales, enviándolos a las cárceles, las tumbas y el exilio, como ocurrió con Federico García Lorca, Miguel Hernández y con Juan Ramón Jiménez, quien murió en 1958, exiliado en Puerto Rico, “Estado Libre Asociado” de USA.
*Periodista dominicano radicado en Toronto reyesobrador@hotmail.com
